miércoles, 11 de abril de 2012

Carretera al cielo

 

 
Va caminando por la calle, son las cinco y media de la tarde, el día está un poco gris aunque con mucha luz, sus ojos se resienten sin gafas de sol. Hace buena temperatura, pero mucho viento, es primavera. No desea la lluvia aunque comprende que es necesaria y además está a punto de llegar abundantemente.

La sensación es de vértigo, de angustia. Ahora le pasa a menudo cuando está solo. En estos momentos más aun, puesto que va a volver a su pasado durante unas horas, a recoger algunas estanterías de su vida y meterlas en cajas de cartón. Tiene que hacerlo.

Es curioso que esta normalidad de tantos años ahora le cree una sensación de inseguridad. Ahora que sabe qué es esto, y no es acojone, aunque no sabe realmente qué es, cómo llamarlo, bueno si, tiene una idea: inseguridad, vacío, incertidumbre, pedacitos de soledad..., pero no se decide por ninguno aunque algo tiene que ser.

Antes, cuando estaba sólo no tenía esta sensación porque siempre tenía donde ir, donde guarecerse, un sitio cómodo para él, un hogar, rodeado de un montón de cosas que le transmitían seguridad, serenidad. Ahora no. ¿Será eso lo que le falta? Cree que si. Entonces, ¿Cómo podría llamar a esa sensación? ¿Desarraigo?

Justo ahora se dirige a ese lugar para guardar algunos trocitos de su vida en cajas de cartón. Luego se los llevará a otro sitio, para más tarde, tranquilamente, hacer criba y guardar algunos de ellos en sus nuevas estanterías vitales. Otros irán a la basura. De alguno de estos últimos, seguro que se arrepentirá en el futuro de que hayan acabado así, pero no es buen momento para elegir y sin embargo hay que hacerlo.  

Se dirige a ese lugar donde antes encontraba seguridad y ahora, solo de pensarlo, siente todo lo contrario. Eso es lo que incrementa esa sensación familiar de vértigo y angustia que siente a menudo cuando está sólo.

Se da cuenta, o eso piensa en ese momento, que tiene que conseguir saber qué es lo que quiere encontrar, porque es imprescindible para intentar buscarlo. Luego el problema será cuánto puede costarle, pero eso será después. Quizás solo sea que no hay que buscar nada, que sólo es necesario dejar pasar el tiempo y de repente un día se encuentre con que lo tiene. Posiblemente sea que el ocupar las estanterías de su nueva vida sea un proceso lento. Y entonces se pregunta, ¿mientras tanto?

Aguantar. Apretar el culo y aguantar. ¿Quién dijo que iba a ser fácil?

La recompensa merece la pena ya. Eso es lo que le ayuda.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021



viernes, 9 de marzo de 2012

Atónito.

 

Esta mañana mientras aparcaba el coche en una calle cerca del trabajo he visto la luna y me he quedado... atónito. ¡Luna llena!


Atónito, lo reconozco, es mejorable.

Bueno, era la luna, era temprano y estaba amaneciendo. Veía un círculo perfecto grande, amarillo pálido y muy luminoso. Atrayente y evocador.

El contraste con el azul también pálido del cielo era uno de sus atractivos añadidos. 

Estaba concentrado en esta hermosa visión cuando de repente... no puede ser, se abre un agujero en la superficie lunar... un pequeño y redondo agujero, y al cabo de tan solo un instante sale un gusano blanco y anilludo, despacio, primero la cabeza y después, muy despacio, el resto del cuerpo y se pone a reptar por la superficie lunar. Me he vuelto a quedar atónito. 

Pero ahí no queda la cosa, cuando el gusano empieza a desaparecer por la izquierda perdiéndose en cara oculta, aparece un sioux a caballo por la derecha, va galopando y lleva un arco en la mano y un carcaj con flechas en la espalda. 

A continuación sale un cartel del suelo de la superficie lunar que dice "sintoniza la frecuencia 106.70 de tu radio FM”. Lo hago y por los altavoces del coche se escuchan los gritos del sioux y el relinchar del caballo. Me quedo atónito, otra vez.

En fin, ya estoy esperando cualquier cosa... y ocurre. El sioux detiene el caballo, mira hacia un lado, mira hacia el otro y finalmente me mira a mí. Fija su mirada en mí. Saca una flecha del carcaj, tensa el arco y ¡me apunta! ¿Qué hago? Me quedo paralizado no se me ocurre nada. De repente, una flecha choca contra el parabrisas del vehículo y lo rompe, se quiebra en forma de red de araña. La punta de la flecha queda incrustada en el cristal. Salgo corriendo a resguardarme de la luna. Estoy muerto de miedo, me guarezco debajo de un árbol. Pasa el tiempo. Me tranquilizo y poco a poco me asomo para ver la luna...

Ahí está, un circulo perfecto y grande y amarillo pálido y luminoso y... completamente vacío.

Si cuento la verdad cuando llegue al trabajo les voy a dejar atónitos.

Pensaré que voy a hacer.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021



miércoles, 1 de febrero de 2012

El invierno en el metro (de Madrid)

 


Es invierno, una Mahou en la mano, en la televisión anuncian una ola de frío siberiano que va a hacer que las temperaturas desciendan mañana diez grados en algunas zonas. Me voy del bar y al salir a la calle se nota un frío intenso, pero lógico para enero y soportable yendo un poco abrigado.

Al entrar en el metro, línea circular, se detecta una pequeña multitud de gente muy variada en aspecto y actitud. Justo al lado, en mitad del vagón y junto a la puerta, una pareja de unos treintaitantos se apoya cada uno en su maleta-trolley mientras dialogan con desgana mirando más hacia la puerta que el uno hacia el otro. Enfrente, sentado en uno de los asientos, un chaval con un chándal deportivo y un gorro alto y negro de lana, se dispone a levantarse colocando su mochila a la espalda, se prepara para abandonarnos en la estación de O’Donnell. Dos señoras como de cincuentaitantos, ambas con bolsas de plástico de centros comerciales, entran hablando animadamente y ocupando el asiento dejado por el chaval del chándal y el de al lado. Una de ellas se apea en la siguiente estación, a la otra señora le cambia automáticamente el gesto de la cara al quedarse sola, saca un periódico gratuito de su bolsa de plástico y se dedica a leerlo olvidándose de todo lo que ocurre a su alrededor. Mas allá, sobrepasada la puerta del vagón, una chavala, recién salida de la universidad, está también sentada y no para de hablar con su móvil manteniendo una media sonrisa un poco burlona.

Diego de León, hay que apearse para hacer el cambio a la línea 5. Al caminar por el andén paso por delante de un africano muy negro, muy negro, sentado con las piernas muy abiertas y el cuerpo echado hacia delante. No se ha montado en el convoy del que yo me he bajado, por lo que pienso que estará esperando algo, quien sabe el qué, o quizás a alguien, ¿o será simplemente que está dejando pasar el tiempo allí sentado y descansando porque dentro del metro se está calentito?

Tengo por delante un pasillo muy largo que va hacia la línea 5, mi línea de destino. Un tipo aprovecha para tocar horriblemente la guitarra eléctrica en una esquina entre pasillos. Por fin llego al andén donde circulan los trenes que tengo que coger.

La plataforma de enfrente esta bastante llena, pero el convoy se acerca en este momento y la va a dejar completamente vacía en unos instantes. En mi lado todo es mas triste, hay menos gente, no hay negros esperando, ni amigas charlando animadamente, ni chavales con gorrilla y aspecto rapero, ni tíos impresentables como yo escribiendo en el iPod. Me aburro un poco.

El convoy que debo coger tarda demasiado, pero llegará, solo son las diez y cuarto de la noche. Por fin se oye el ruido y el movimiento de aire característico, dos luces amarillas recorren el trozo de túnel más cercano hasta que un tren de color blanco con rayas azules entra en la estación, aquí está, ya ha llegado, por fin.

Monto en el vagón y lo primero que veo es un tío, ya era hora ver uno así, con una chaqueta de color blanco inmaculado en la que hay un escudo del Real Madrid, tiene aspecto de extranjero. Pero fijándome un poco más, veo que en mi vagón ganan los gorros de lana negros, pero sobre todo los teléfonos móviles y los reproductores mp3. Esta claro que tenemos que hacer algo para que el tiempo hasta llegar a casa se pase rápido, gastamos demasiadas horas diarias en medios de transporte. Aunque detecto también que libros de papel no veo ninguno, allí a lo lejos hay una chica con un libro electrónico. De repente me fijo que justo enfrente de mi  hay un hombre maduro con traje negro, camisa blanca y una horrible corbata a finas rayas blancas, azules cielo y negras y algo que le encanta a esa chica rubia que siempre me decía que no, un maravilloso, espeso, antiestético y anticuado bigote por encima de los labios. Todo el mundo va entre concentrado y dormido, ¿estarán cansados? sería lo lógico, es de noche, son más de las diez.

Pero ya hemos llegado a Ciudad Lineal, mi destino, todo se acabó, aunque Shuarma sigue cantando por mis cascos y me acompañará un tramo de calle más. Es el metro de Madrid un increíble y divertido espectáculo para una noche fría de invierno. Yo no he necesitado ni teléfono, ni mp3, ni libro, ni revista, únicamente mi iPod, mis dedos, un poco de imaginación y mis sentidos, en especial la vista. Bueno… y la música de Shuarma.  



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021




jueves, 26 de enero de 2012

Confianza en la vida.

 

Siempre hay que confiar en la vida, en su transcurso, en el evolucionar de los acontecimientos.

Hay cantidad de veces que sientes que no se puede hacer nada, que no sabes manejar una determinada situación, o simplemente estas perdido u ofuscado o incluso apático porque la situación te supera.

No sabes qué hacer, o quizás deseas no hacer nada, o no sabes qué decisión tomar.

Es entonces el momento de dar una oportunidad a la vida, dejarla hacer, tranquilamente, con confianza, con serenidad, con firmeza, con esperanza.

Quedarse esperando pacientemente con los ojos muy abiertos… y cuando de repente se ve aparecer una oportunidad que interesa, agarrarla con fuerza, que no se  escape.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021

lunes, 23 de enero de 2012

Mañana soleada de domingo.

 


Enero 2012, un hombre adulto pasea una mañana soleada de domingo por Madrid.

Está acojonado, ha tomado una de las decisiones más importantes y duras de su vida. Su cabeza bulle, parece a punto de explotar, pero eso es bueno, piensa, necesita cavilar,  necesita reflexionar sobre lo que sucede, necesita adaptarse a una nueva vida, a la vida que quiere… y todo lo nuevo acojona.

Al caminar el sol calienta la piel de su cara dándole ánimos vitales. Recuerda los dos últimos meses, las últimas dos semanas, piensa en los dos últimos días, eso cura su angustia. La situación tenía que cambiar, no era solo inevitable sino imprescindible.

De repente se da cuenta de que lo que le acojona no es la situación sino algunas incertidumbres. Cuánto tiempo tardara su vida en volver a una situación de alguna estabilidad. Qué sucederá en el camino.

Y ahora, después, piensa en la generosidad, en la serenidad, en la sinceridad, en el calor, en la certeza de unos ojos, en la comprensión, en la tolerancia, en un futuro distinto y mejor que tiene que construirse poco a poco, paso a paso, con cuidado, para eso, justamente, para que sea mejor.

Y se serena, recobra fuerzas, retorna el ánimo, se recupera, está dispuesto a luchar, así ha sido toda su vida y así será.

Solo tendrá que reubicar algunas cosas en la estantería de su vida para hacer hueco a muchas más que vengan. Le espera un maravilloso trozo de tarta de queso.

Todo merece la pena, todo merecerá la pena, hay que luchar por lo que se quiere y por aquello en lo que se cree. La vida es eso. ¿Merece la pena vivir otro tipo de vida?

¿Alguien dijo que esto era fácil?

Si, él y no era cierto.

No es fácil pero lo conseguirá.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021

 

 

23 de enero de 2012


viernes, 13 de enero de 2012

Su dicha era enorme

 

Y volvió a sentir la vida con toda su intensidad en cada centímetro de su piel, que volvió a estar fresca y suave. Sus ojos retornaron a ese optimismo natural y refrescante de todas las mañanas. Su ánimo se desbordó de nuevo, al igual que la alegría natural que iluminaba su cara. Sus sentidos, que no se habían aletargado del todo aun, explotaron vitalmente y su respuesta era de nuevo atenta y rápida ante cualquier estímulo.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021

jueves, 12 de enero de 2012

Una sonrisa luminosa y unos ojos verdes.

 


Un asiento vacío en el vagón del metro, es el del lado izquierdo de un grupo de tres. He cambiado de sitio huyendo de algo que no me agradaba. Me siento sin fijarme en más. No es cierto, al lado hay una señora de edad madura más bien gruesa con un abrigo color beige. Nada más.

Pongo en marcha mi libro electrónico para continuar mi lectura y mientras lo estoy haciendo, asoma por mi izquierda un brazo y una mano que me sacude suavemente pero con insistencia la manga izquierda de mi chaquetón.

Levanto la cara y compruebo que ese brazo viene de la izquierda de la señora que está a mi lado. De repente no solo hay un brazo y una mano, sino que asoma una cara sonriente con rasgos extraños. Es la cara de una niña, con unos ojos muy abiertos de niña, pero en una cabeza de mujer. Sus rasgos no son de síndrome de dawn (hasta donde yo conozco), pero sus gestos denotan falta de inteligencia, de control y posiblemente de alguna cosa más. Dice algo que no entiendo, en parte porque llevo cascos y estoy escuchando música.

Sus ojos, los de la niña-chica, no se me olvidan. Son verdes, bonitos y alegres, eso sí, enormemente grandes, los tiene abiertos hasta lo difícilmente posible. Tampoco se me olvida su sonrisa, es luminosa y amistosa como la de una niña de tres años que desea jugar con alguien al que quiere y le divierte.

Mientras le devuelvo la sonrisa, la señora que está a mi lado, su madre o quizás su cuidadora, le dice sin estridencias, en tono tranquilo, que me deje en paz, que no me moleste. La niña-chica cambia el gesto rápidamente, la sonrisa se va, retira su brazo y se echa hacia atrás volviendo a apoyar su cuerpo en el asiento.

Dejo de verla. No sucede nada más digno de mención hasta que, entre las estaciones de Cuzco y Plaza de Castilla, la madre decide poner en movimiento a la niña-chica para apearse en la siguiente.

Se levantan las dos al tiempo, la madre tira del antebrazo para ayudarla a levantarse. Mientras se levanta veo de nuevo a la niña-chica. Un largo rastro de baba le sale por un lateral de la boca, de entre los labios cerrados, quedando colgada en el aire hasta alcanzar quizás unos veinte centímetros. No sé porqué pero vuelvo la cabeza instintivamente. ¿Asco? Sinceramente, no lo sé. La baba era un liquido absolutamente limpio y transparente, eso sí, viscoso.

Cuando vuelvo de nuevo la cabeza ya están saliendo por la puerta del vagón hacia el andén. La madre sigue tirando del antebrazo de la niña-chica.

Algunas personas les miran, como yo.

Llegan a un banco, la madre deja el bolso sobre él y comienza a abrochar el abrigo de la niña-chica.

Las puertas del metro se cierran, el vagón se mueve y dejo de ver esa imagen.

Ahora, más de veinticuatro horas después veo la cara, la sonrisa y los preciosos y vivos ojos verdes de la niña-chica. Son persistentes. Los ojos y la sonrisa eran tan bellos como no lo era su rostro.

Calculo que la niña-chica no tendría menos de dieciocho o veinte años, la madre un rictus de tristeza, no solo en su rostro, sino en todo su cuerpo. 

La imagen que me queda: una sonrisa luminosa y unos ojos vivos, verdes y bellos.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021




lunes, 9 de enero de 2012

Porque nos son tan especiales las personas (que nos son especiales).

  

Son especiales porque son distintas y atrayentes, porque hacen cosas distintas y agradables, porque piensan cosas distintas que la mayoría de la gente que nos interesa menos. Estas personas especiales nos gustan y nos atraen mucho.

Porque son, además, humanas y cercanas, se acercan a nosotros y nos expresan sentimientos cálidos, que nos resultan agradables. Se relacionan con nosotros, y con el resto de la gente, con cariño y naturalidad.

Porque no nos aburren (es una expresión muy fuerte, pero sincera).

En realidad porque nos gustaría estar continuamente en su compañía, porque su forma de ser nos acaricia, porque nos divertimos con ellos, porque nos sirven de apoyo, porque nos apoyan, porque nos gustaría servirles de apoyo.

Porque tenemos afinidad con su carácter y su forma de ser. Les buscamos y nos buscan. Sentimos su complicidad y ellos sienten la nuestra.

Porque notamos una gran sensación de bienestar cuando estamos juntos. Notamos que casi siempre sobran las palabras entre nosotros, sobre todo cuando se trata de palabras que preferimos no hablar. Basta una mirada, un gesto, una cara de dolor o de alegría para que sepan qué sucede. Para que sepamos qué les sucede.

Porque el tiempo con ellos se pasa volando. Porque nos dicen cosas interesantes (o sea, nos interesan), porque hacen cosas interesantes (o sea, nos interesan), porque juntos hacemos cosas interesantes. Porque aunque no sean interesantes a nosotros nos interesan.

Porque les queremos y nos quieren, y todos necesitamos amar, mucho, incluso más que ser amados.

Realmente son especiales porque son personas especiales y distintas. Pero también lo son porque les hace ser especiales nuestra forma de mirarles, admirarles y quererles.

Las dos cosas.

Pero también... porque nos hacen sentir especiales a nosotros, es una complicidad que sólo se entiende cuando se produce.

Todos somos especiales para mucha gente. Todos somos especiales y únicos, sólo es cuestión de que otros ojos nos vean así.   



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021


sábado, 7 de enero de 2012

Verano de 1971

 


Verano de 1971, un adolescente al que le queda poco de serlo está asomado a un balcón de la calle de Argumosa. Está escuchando canciones psicodélicas de aquella época. Jefferson Airplane. Su mente está volando de un pensamiento a otro sin descansar, pero parándose en cada uno de ellos lo necesario para conocer y tranquilizarse. Está hecho un lío, pero ni lo sabe ni le importaría si lo supiera. La vida es una extensa  región virgen sin explorar. Su instinto, que ya existe, le llama a experimentar. Y él comienza a confiar en ese instinto que va a marcar cada uno de sus días. De vez en cuando fija su mirada en esa ventana lejana donde hay una chica de pelo largo y liso. Está como él, todas las mañanas, pero es incapaz de descifrar sus rasgos por la distancia, sólo una bonita melena morena y una cara ovalada, ¿Joan Báez? Nunca sabrá cómo es la cara de esa chica. El no puede salir de casa, tiene una enfermedad gilipollas que, aunque carece de gravedad, le obliga a guardar reposo.


 No lo sabe aun pero en pocos meses su vida va a dar un cambio enorme. Va a dejar de ser un adolescente y a poner las primeras estanterías para colocar las actividades de su vida adulta. Acaba de finalizar el disco psicodélico y busca el de Neil Young por encima de su desordenada cama, en su desordenada habitación, en donde vive su desordenada y genial vida.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021


viernes, 30 de diciembre de 2011

FELIZ 2012

 


Comenzamos un nuevo año y os deseo normalidad, sobre todo eso: normalidad y ausencia de malas noticias.

Y como os quiero bien, también os deseo que deis y recibáis cariño y solidaridad, ya sabéis, se es más feliz dando que recibiendo.

Que redescubráis y pongáis en práctica muchos de los antiguos valores éticos en desuso. Dignidad, buena educación, respeto, limpieza de pensamiento, solidaridad, lealtad, … hay muchísimos. Si ya los tenéis descubiertos y los practicáis, mucho mejor para vosotros.

Y poco más. Porque tenemos que buscar nosotros mismos la forma de ser felices. Tenemos que luchar por conseguir esa felicidad teniendo muy claro que todo tiene un precio y por lo tanto no se puede tener todo. O sea, ser más o menos felices va a depender en gran medida de nosotros.

Así que siguiendo la vía del minimalismo con que he comenzado esta felicitación os deseo algo parecido a esta sucesión de “normalidades” que ya puse aquí en un post hace casi un año:  

En orden cronológico, nos toca: resaca post-navideña, frío, alargamiento muy lento de las horas de sol, frío, planificación general del año, frío, plan-de-buenas-intenciones-que-casi-nunca-se-cumplen-del-todo para el año, frío, cuesta de enero, frío, rebajas, espera del fin de semana que parece que nunca llega, quizás nieve en Madrid, hartura de frío y llegada de la primavera, alargamiento más rápido de las horas de sol, vacaciones de semana santa, llegada lenta y alternativa de días más soleados, cambio de horario, fiestas de San Isidro en Madrid, días mucho más largos y noches mas cortas, alergias primaverales, terracitas con cervecitas, alegría, frustración porque llueve más de lo que nos gustaría, días superlargos, primeros calores, llegada del verano, que no, que el calor no llega, "este año no va a haber verano" (qué gilipollez), hastío de calor, aire acondicionado, terracitas nocturnas, dormir poco por la noche y aprovechar la siesta, vacaciones, calor, vacaciones, playa o montaña, vacaciones, lugares turísticos en España o en el extranjero, vuelta de vacaciones, trauma postvacacional, comienzo del ciclo anual escolar, cagoen... se encogen las horas de sol, llega el otoño, se alargan las noches, cambio de horario, a las 6 de la tarde es de noche, joooder no para de llover, vamos al cine que hace frío, puente de la constitución ¿viajecito ó excursión?, llegan las navidades, ¿donde pasamos la nochebuena? ¿y la navidad? ¿y el añoviejo?, felicitaciones y festejos.


Es sólo un ejemplo, pero también vendrán sucesos imposibles de pronosticar. Es la vida, porque todo esto ocurrirá mientras vivimos. Estos sucesos imprevisibles que harán que vivamos más o menos felices.




© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021


Y se estrelló.

 


Y se estrelló, sobre un suelo duro y seco. Y se rompió en mil pedazos.

Ese fue el hecho, pero nunca sabría si hubo agua, aunque tenía la certeza de que sí, la había.

Afortunadamente por allí estaban el Hada de los Abrazos y el Hada de la Alegría, que con dulzura y destreza recogieron cada uno de los trozos, juntándolos y pegándolos.

Una vez finalizaron tan delicada tarea, cogieron sus varitas mágicas y dieron un toque con ellas a su corazón. De nuevo volvió a la vida.

Gracias a las Hadas sólo iba a ser doloroso, no definitivo.

El descenso libre fue una gran experiencia. Una maravillosa experiencia de vida. Mereció la pena.

A partir de ese momento solo iba a ser muy doloroso.

Nada más.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021






lunes, 19 de diciembre de 2011

Navidad 2011

 


Era una mañana de diciembre, unos pocos días antes de Navidad.

Una mañana preciosa de sol, aunque fría, muy fría, de esas que en las calles de su ciudad la gente caminaba con una bufanda tapando la boca, no solo el cuello, y los que iban sin ella exhalaban ese humo blanco tan sano.

Pero no le apetecía salir, últimamente las navidades se había convertido en una época en la que parecía que lo único importante era comprar, y luego comprar y después comprar.

Coches por todos los lados, gente por todos los lados. ¿Qué fue de aquel espíritu navideño?

Notaba a su alrededor grandes preocupaciones. Sólo quedan 5 días y no he comprado el regalo de papá noel de... No voy a llegar a reyes, no tengo ni idea de donde poder encontrar...

Eran grandes preocupaciones que no entendía. ¿No sería mejor preguntar a todo el mundo qué era lo que quería? Se apuntaba, se iba, se compraba y todo en un día, quizás en una mañana. Y el resto del día se podría dedicar a estar con la familia, con los amigos, pasear por la calle, tranquilamente, ¡qué cosa!, tranquilamente, disfrutando del frío, de los adornos navideños, del ambiente navideño... de verdad.

Buscar un regalo sorpresa para alguien supone no poderle dedicar tu tiempo, -se decía-. No estar con él o con ella. No le merecía la pena. No le gustaba entrar en ese juego, pero, al final, siempre tenía que entrar.

Le gustaba pasear una mañana como esa por la Plaza de la Paja. Pararse un momento. Quedarse quieto, en silencio. Escuchar lo que decía esa plaza. Quizás un villancico lejano saliendo de una ventana. Quizás el sonido de unos barriles de cerveza rodando por el suelo de un bar cercano. ¿Unas campanas sonando en la iglesia de la calle de abajo? Los pasos de una pareja enamorada y amarrada que pasaba por su lado. El aleteo de unos pájaros...

Le gustaba regalar tiempo, y una sonrisa y escuchar, escuchar lo que la persona con la que estuviera le dijera. Si es que quería decirle algo.

 

Cómo tendemos todos a hablar y qué difícil nos resulta, a menudo, escuchar.

Todo es sencillo. La vida es sencilla. Somos nosotros los que la complicamos algunas veces.

En cualquier caso sabía que todo el mundo no pensaba así, y estaba bien. Todo el mundo tiene derecho a sentirse bien y su manera no tenía porque ser la correcta.

Una cosa, para finalizar: Salió y disfrutó.


¡Feliz Navidad a todos mis amigos y amigas!

No olvidéis nunca que siento un gran cariño por vosotros. 


© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021




jueves, 1 de diciembre de 2011

Riesgo y vida

 


Sentía algo especial, posiblemente algo más que amistad, muy probablemente, incluso algo distinto.

Su carácter vehemente y su certeza de que la vida es una sucesión de saltos de trampolín contribuyeron decisivamente, de nuevo, a que otra vez se lanzara al vacío, como siempre, sin cerciorarse de la profundidad del charco. Sólo que esta vez los motivos eran muy distintos.

Mientras estaba en el aire notó como si alguien advirtiera:

- ¡Cuidado!  ¡Profundidad treinta centímetros!

Pero mientras caía pensó que alguien podría profundizarlo, ó que podrían llegar repentinamente lluvias torrenciales, o que alguien pusiera una enorme colchoneta, o... . Lo que estaba claro es que había tomado la decisión de saltar y estaba cayendo, eso era imposible de revertir.

El que se estrellara contra la tierra húmeda o que disfrutara de un simple y agradable zambullido era ahora algo ajeno, un problema de tiempo y de la voluntad de otro (de otro ser humano).

Otra vez, de nuevo, su futuro estaba en poder de la decisión de alguien, de lo que otra persona hiciera.

Era el riesgo inherente a la vida. Si sólo hubiera deseado estar, nunca lo hubiera hecho. Pero necesitaba ser y tener.

Vivir es esto, una vida siempre plana no tiene sentido, se repetía mientras caía.

Merecía la pena, mientras se precipitaba sentía la vida como hacía mucho tiempo que no la sentía. Su piel estaba de nuevo fresca y suave, tenía otra vez ese optimismo natural y refrescante de todas las mañanas, su ánimo estaba de nuevo desbordante, una alegría natural iluminaba su cara, sus sentidos se habían desaletargado y respondían atenta y rápidamente a cualquier estímulo.

Sentía todo eso mientras estaba cayendo, en el vacío, y si al final, además, no se estrellaba, sería increíble.

Si se estrellaba no sería decisivo, sólo muy doloroso.




© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2021